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AGUACATES EN ASTURIAS

Árbol de La Granja.

Aún recuerdo la sorpresa que me produjo la primera vez que vi un árbol de aguacate en Asturias, concretamente en el barrio de la Granja, Malleza, en el concejo de Salas. Venía de trabajar en el Inventario Forestal Nacional, donde identificábamos las diferentes especies arbóreas y arbustivas a la legua. Por eso aquel color de hoja, aquella textura de tronco y el porte que presentaba me resultó tan chocante. Era una especie que no había visto hasta entonces … ¿Qué sería ese árbol?

Si identificarlo como un Persea americana supuso una sorpresa, imaginad el asombro de ver la fruta que aparecía salpicada entre la copa.

El estado sanitario del aguacatero era (y sigue siendo) excelente, a pesar de que la zona donde había crecido era fría, ventosa e incluso nevaba en ocasiones. Aquel encontronazo con semejante ejemplar supuso un punto de inflexión en mi vida. Fue el nacimiento de la idea de que una especie tan valorada, tanto gastronómica como comercialmente, podría tener un hueco en el sector agrario asturiano. Aquel árbol fue el punto de partida para el proyecto que hoy en día llena nuestras vidas, tanto de Javi como la mía, y que tantas alegrías, sorpresas y algún mal rato que otro nos ha dado también desde entonces.

Aquel árbol, traído por un indiano al parecer desde Cuba, la Florida o vaya usted a saber desde dónde, había superado más de setenta inviernos (cuando los inviernos eran fríos de verdad) y sin embargo, ahí estaba, tan alto y majestuoso, en perfecto estado y dando una fruta de buenísima calidad.

Después de semejante hallazgo botánico, con toda la atención puesta en encontrar otros ejemplares, fueron apareciendo paulatinamente, y no pocos. En escasos meses tuvimos noticias de decenas de ellos, tanto en la zona de la costa como en zonas interiores no tan templadas.

Gracias a todos esos árboles tomó fuerza, cada vez con mayor intensidad, la idea de realizar una plantación comercial. Con cada uno de esos ejemplares obtuvimos datos muy valiosos que nos fueron dando pistas de que zonas eran más favorables para ellos, ya que en ciertos lugares encontrábamos árboles sanos, fuertes y con fruta y en otros justo lo contrario.

Puestos en marcha para encontrar una finca cerca de la costa y materializar el proyecto, dado nuestro bajo poder adquisitivo, finalmente optamos por plantar en Valbuena, en una finca de media hectárea que Javi tenía en propiedad. Esta ubicación, a doce kilómetros del mar, nos parecía al límite de la zona más apropiada, pero aun así nos lanzamos a preparar el proyecto. Necesitábamos andar. Y nos consoló mucho pensar que Valbuena significa Valle bueno… y bueno sería para la agricultura cuando se le puso el nombre, digo yo, porque antiguamente no creo que hubiese muchos criterios más donde elegir.

Tomada la decisión, el siguiente paso para continuar era buscar las plantas. Investigamos mil y un viveros antes de tomar la decisión y decantarnos por uno de cierto renombre (que no mencionaré). Se encargaron las plantas y se pagó la reserva correspondiente para las primeras doscientas. Mientras tanto, nos dedicamos a trabajar en la finca para preparar todo. Mejoramos los cierres, limpiamos de maleza, quitamos árboles de manzano que había por toda la superficie y marcamos la ubicación de las futuras pozas. Una vez estuvo todo listo solo quedó esperar.

Con la llegada de la primavera, dimos luz verde al vivero para que nos enviaran las plantas y ultimamos los detalles para proceder a la plantación. Nuestra finca no es tractorable en su mayoría, así que cuando estuvieron allí, hubo que bajarlas a mano, lo que supuso un considerable esfuerzo. He de reseñar que, efectivamente, las plantas que nos llegaron fueron todas aquellas que presencialmente en el vivero nadie quiso comprar. Con el tiempo, y la experiencia que éste otorga, hemos llegado a la conclusión de que realmente en el sur nadie, o casi nadie, cree que en el norte se pueda dar este cultivo, por lo que puestos a mandar plantas que, sin duda morirán por el frio, que sean las malas. Ya que estaban allí y sin posibilidad de reclamar, no quedó más remedio que plantarlas.

Y tras los trabajos, y lo bonita que quedó la finca plantada, empezaron a resonar las primeras críticas y comentarios pesimistas…

– Eso, aquí, no se ha visto nunca…no se dará.

– ¿Aguacates en Asturias? No lo veo…

– ¿Sistema de riego en Asturias? Estáis locos…

Incluso cuando quisimos contagiar la idea a otras personas llegaron a decirnos que éramos vendedores de humo. Todas esas críticas no cayeron en saco roto. Unidas a nuestra incertidumbre ante un proyecto tan novedoso, a veces, nos generaban una sensación de frustración y estrés que no pocos malos ratos nos procuraron.

El interés por aprender más sobre los aguacates me llevó a comprar algunos libros y a buscar información en internet. Resultó difícil y confuso, ya que la mayoría de los datos que se ofrecen provienen del continente americano, que poco tiene que ver con nuestras latitudes. En España hay muy poca bibliografía de la que tirar que realmente sea práctica. Hicimos varios viajes al sur, realizando algunos cursos y quedó claro que habíamos cometido un error de base. Sabíamos que la profundidad del suelo media era de unos 50 cm, pero infravaloramos las consecuencias de tan escaso espacio para el sistema radicular.

Ahora conocemos bien los síntomas de un suelo poco profundo, pero en aquel momento nos pareció algo asumible. Cuando fuimos conscientes de la verdadera importancia del drenaje, la rotura de la estructura, la aireación del suelo y la poca tolerancia de estas plantas al transplante, entre otras cosas, volvieron los dolores de cabeza.

¿Que podríamos hacer? ¿Como llevar a cabo una preparación adecuada del suelo con la planta ya instalada? La decisión fue arriesgada pero tajante.

Compramos varias toneladas de compost para mezclar con la tierra y rebajar lo que nos pareció (por puro pesimismo) un suelo muy arcilloso que ahogaría al aguacate. Metimos el compost, que vino a granel, en sacos y lo bajamos a la finca al hombro. Repartimos un par de sacos de 30 kg por cada planta y cuando estuvo todo listo contratamos una retroexcavadora con su conductor. Sacamos uno a uno, y con la mayor delicadeza que nos permitió la situación, cada plantón. La máquina removió más de un metro cúbico y, además, para mayor seguridad, arrimamos tierra de los alrededores para formar lo que se nos antojó llamar “pedestal”, donde instalamos la planta. Tras varios meses plantadas y una vez fuera de la tierra de nuevo, estabamos observando una a una, como la raíz había sido incapaz de extenderse y por eso estaban tan paradas. Estaban “enmacetadas”.

Sabíamos que nuestro problema se resolvía en el sur haciendo caballones, pero el presupuesto se nos iría de las manos y la inclinación de terreno no acababa de convencernos para tal estructura, por la posible erosión de las lluvias. El caballón individual o pedestal se nos presentó como una solución salomónica y a día de hoy es nuestro gran aliado en las zonas de poca profundidad de suelo.

No os imagináis la alegría que experimentamos, después del enorme esfuerzo que habíamos realizado a contrarreloj, cuando varias semanas después, no solo no había muerto ninguna planta, sino que empezaban, ahora si, a emitir brotaciones con esos tejidos rojizos tan bonitos y característicos del aguacate. Y respiramos tranquilos por fin… En adelante nos dedicamos a desbrozar la finca y mantenerla limpia, deleitándonos con los crecimientos de los brotes que lo hacían con mucha rapidez. Experimentamos distintos abonados y tiempos de riego y fuimos obteniendo los primeros datos de crecimiento.

Con todo ello el invierno fue echándosenos encima y la tensión fue apareciendo de nuevo, esta vez por enfrentarnos a nuestras primeras temperaturas bajas. En Asturias los inviernos pueden ser muy suaves o pueden venir con múltiples olas de frio, que bajan las temperaturas absolutas a varios grados bajo cero. No conocíamos como agricultores como era Valbuena en esos meses, así que a todo aquel que nos encontrábamos del pueblo lo abrumábamos con mil preguntas sobre el clima en ese valle… y volvimos a encomendarnos a Santa Toponimia: “valle bueno”.

Leí de “pe a pa” el manual de la FAO sobre lucha contra heladas, un volumen considerable que dudo que haya tenido muchos lectores tan desesperados como yo. Preparamos la plantación con la manta térmica soportada en una estructura de bambú y enterrada en el suelo, de tal forma que se creaba un espacio hermético. Sinceramente, fue una labor entretenida, pero al acabar, el espectáculo de doscientos teepees indios, fue digno de admiración. Se podían ver desde lejos. Muchas personas se interesaron por aquel poblado indígena en Asturias y volvimos a ser abordados con decenas de comentarios… en fin…

Tuvimos mucha suerte, ese invierno fue muy suave y las plantas siguieron creciendo dentro de las mantas. El microclima que se había creado propició el desarrollo de las yemas y, llegada la primavera, habíamos ganado más tiempo del que perdimos con la instalación de las mantas. Los árboles ya no cabían dentro. Otra vez la paz inundó nuestras almas atormentadas y desapareció el miedo que habíamos tenido durante todo el invierno y principios de primavera, obsesionados con el parte meteorológico diario.

Esa primavera tuvimos conocimiento de una plantación anterior a la nuestra, muy próxima a la costa, en una zona donde las temperaturas medias son más altas (había investigado todo acerca de las zonas climáticas de Asturias). Fuimos tan pronto como nos fue posible, llenos de curiosidad, para ver como les estaba yendo a ellos. A los propietarios no los vimos pero la plantación, gracias a la increíble capacidad de orientación de Javi, la encontramos inmediatamente.

Pocos momentos tan decepcionantes, relacionados con este cultivo, he tenido en mi vida profesional. Esperábamos encontrar unos árboles grandes y frondosos, llenos de fruto. Nos habían dicho que plantaron ejemplares de varios años de edad para adelantar el proceso productivo. Lo que encontramos fue una serie de árboles raquíticos, sin hojas, con poca fruta pequeña, con malformaciones producidas por acción del viento, etc. Semejante panorama me tuvo muy preocupado, inmerso en reflexiones durante semanas… ¿Porqué una finca, en teoría, mejor ubicada que la nuestra podía tener tan mal aspecto? ¿La estarían cuidando bien?

De nuevo me refugié en los libros buscando respuestas. Devoré decenas de manuales que encontraba en internet, intentando extrapolar experiencias lejanas a esta tierra nuestra, para encontrar la solución a aquella plantación que tenía todas las papeletas, o eso nos parecía a nosotros, de no durar mucho tiempo más y dejarse morir con cualquier excusa, cualquier viento frio que le soplase, por ejemplo.

Y encontramos el motivo…mejor dicho, los motivos en plural. La respuesta es que, al parecer, nadie cayó en la cuenta de que lo que plantaron no eran manzanos sino aguacates. Una especie arbórea tan distinta en sus características y requerimientos a cualquier árbol europeo que necesita, obviamente, un tratamiento muy especial.

La preparación del suelo, las pozas concretamente, fue realizada de forma poco recomendable. Las plantas, que por grandes parecían conllevar como ventaja su edad, resultaron en realidad ser viejas, sin capacidad de desarrollar un sistema radicular fuerte (por enmacetamiento prolongado) que diera sustento a la parte aérea. Durante la plantación, los operarios habían pisado hasta apelmazar la tierra, dejando a las ya débiles raíces totalmente comprimidas en un terreno con un alto contenido en arcilla. Todos esos condicionantes supusieron un obstáculo imposible de superar. Las plantas quedarón paralizadas, sin movimiento. Tiempo después, tuvimos una cita con los cuidadores, organizada a través de unos conocidos, que finalmente anularon, no sin aconsejarnos encarecidamente que no plantásemos aguacates. En Asturias no se dan, dijeron.

Nos refugiamos en esto, en la idea de que nosotros estábamos estudiando y trabajando mucho, haciendo (o intentando hacer) las cosas como se deben hacer, para poder superar de nuevo el pánico que nos producía la posibilidad de habernos equivocado de cultivo.

Ahora, algunos años después, con la experiencia que hemos alcanzado, tanto Javi como yo, recordamos estos y algunos otros episodios y nos hace gracia el vértigo que hemos sentido durante todo el camino. Nos consuela mucho haber tenido la perseverancia para ir contra corriente y no dejarnos menguar (o no del todo) por los muchísimos comentarios poco constructivos, en todos los tonos y colores que han pasado por aguacastur. El mensaje “estáis abocados al fracaso”, vertido tanto por parroquianos de bar como por auténticos “expertos“ del sur, ahora nos dibuja una sonrisa mientras vemos engordar los primeros frutos de Valbuena, con aguacates de verdad, tangibles, deliciosos…

2 comentarios en «AGUACATES EN ASTURIAS»

  1. Empresa muy seria y recomendable,están haciendo una gran labor en asturias con el aguacate.empece con dos aguacates hace 5años y hoy tengo 30 explicándome desinteresadamente las dudas, aparte de tener muy buenas plantas. Ánimo y seguir así Andrés y Javier.

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